Friday, January 06, 2006


Hacia el fondo –nada.

Una laguna en un cráter de un volcán. Dicen que han venido exploradores a buscarle fondo y jamás lo han encontrado. ¿Qué tan hondo puede ser un agujero para no tener final? Y si no tiene fondo, ¿hasta dónde llega?, ¿al centro de la tierra, como lo cuenta Julio Verne?
La habitualidad del viajero está en la horizontalidad. Nos desplazamos de un punto a otro, andando al ras de la superficie terrestre. Las dimensiones espaciales se conservan, independientemente del sitio donde nos encontremos. Pocos son los que desafían a la horizontalidad e invocan, vigorosos, a lo vertical. El hombre, desde el inicio de su historia de hombre, y acaso mucho antes, ha mirado hacia arriba con un aire de nostalgia, sabiendo que jamás llegará hasta allá con vida, a menos que trascienda y pueda ir a vivir, una vez muerto, en el paraíso. Entonces, el cielo, desde tiempos remotos, se ha asociado al paraíso, a ese rincón inalcanzable salvo nuestras buenas acciones. Y, ¿qué hay de la visión hacia abajo? Son pocos los que se han atrevido a dejar caer la mirada con un sentido de búsqueda. Por lo general, se asocia a los de mirada caída con perdedores, deprimidos, seres nostálgicos que habitan o buscan la vida de ultratumba, más allá del recinto de los muertos. Arriba: la vida; abajo: la muerte. Luz y oscuridad contrapuestas, formando una dualidad bastante conveniente para el hombre.
En el transcurso de los años, el hombre, presa de su curiosidad, decidió aventurarse a las alturas, vencer la verticalidad que lo separaba de la superficie terrestre. El primer logro: el ascenso al Monte Everest. Primero llegó uno, como un hecho extraordinario. Después, lo maravilloso se volvió en cotidiano para ciertos hombres, también curiosos y deseosos de obtener la gloria de estar en la cima del mundo, ver a la tierra desde la mayor altura permitida sin despegar los pies del piso. Pero la curiosidad siguió rondando a las mentes humanas. Llegó la segunda década del siglo XX. El hombre desvirtuó a la luna de su sentido poético al poner un pie sobre ella. Un pequeño paso para un hombre, uno grande para la humanidad, el fin de la ilusión de la luna de queso. Después seguiría Marte y a partir de ahí, ya no habría fin, hasta llegar de nuevo a otro planeta, donde el hombre se encontraría con otro hombre ansioso de ir más lejos.
Y, ¿hacia abajo? Julio Verne lleva a sus personajes hacia el centro de la tierra en una de las narraciones más hermosas que jamás haya leído. Después de atravesar túneles y peligros, llegan a un lugar paradisíaco con un clima bastante acogedor. Jacques-Ives Cousteau también se aventuró a las profundidades, pero no de la tierra sino del mar. Exploró los abismos del mar, revelándonos un mundo que jamás imaginamos. Hay quienes cuentan que él mismo vino a la laguna de Santa María del Oro a echar una mirada en su fondo, el cual jamás pudo encontrar. Donde la ciencia falla, entra la imaginación. ¿Qué hubiera encontrado Cousteau si hubiese logrado llegar al fondo del mar, a los abismos más remotos de ese universo sumergido?

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